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Publicado originalmente en “Río Negro” 

Por Claudio Andrade

La pregunta llega como una brisa fresca que inunda mi rostro y sigue más allá. Me sucedió el fin de semana. ¿Me podrías recomendar un libro?, me preguntó una amiga. Y con pocas horas de diferencia otra persona me pidió el mismo consejo.

Hace tiempo ya que tengo preparada la respuesta. Es que he desechado la posibilidad de que mi mente navegue sin rumbo fijo por entre las bibliotecas e incluso películas que remiten a libros o textos de los más diversos, antes de decir algo o nada. Quien pide tal cosa, debe obtener su recompensa. “Manual de tentaciones”, de Abilio Estévez, he dicho y escrito para salvar ambos casos.

Creo que en un Mediomundo anterior hablé de las virtudes del escritor cubano, de su estilo incomparable y de su enorme profundidad como artista y pensador. Hay muchos otros libros, que duda cabe, pero al menos en esta etapa de mi vida, prefiero atarme a su consejo y a la descarnada intensidad de sus palabras. Aunque, para ser francos, hace ya unos 10 años que andamos juntos por la sombra.

Sin embargo, agradezco toda vez que alguien quiere conocer mi opinión al respecto. Puesto que no estoy convencido de alcanzar a las apuradas un dato pasatista, prefiero entregar el nombre de un libro y un autor capaz de moverle los cimientos a cualquiera.

Para las recomendaciones de entre casa están las listas de best seller de los diarios, los consejos radiales de la última novela entretenida de turno o un dato en algún blog posta en la net. Intuyo que si me preguntan querrán no menos que lo que llevo tatuado en el brazo. Eso es justo lo que estoy dispuesto a dar.

Uno de los aspectos que más disfruté del filme “Alta fidelidad” son esas interminables listas de álbumes que el protagonista hace para graficar los momentos significativos de su biografía. Es un constante preguntarse a sí mismo: ¿Cuál es el disco que define tu relación con la mujer que amas?, se plantea el chico interpretado por John Cusack. Y uno podría seguir incluso con: ¿Qué canción representa el día en que nació tu primer hijo? ¿Hay una frase que te haga pensar en el momento más emocionante de tu vida? ¿Una película que diga tanto de ti como un espejo?

Hay canciones, artistas, filmes que nos acompañan durante trechos muy variables de nuestra historia. Otros en cambio, los menos, se quedan cobijándonos hasta el final. Por eso recomiendo a Abilio Estévez, porque he entendido que sus palabras, junto con las de una columna de Manuel Vicent llamada “Placeres”, van a guiarme la madrugada en que mi memoria se extinga como un color en la noche. Porque he tomado la decisión de morir de madrugada. Cualquier escenario diferente me parece ofensivo.

¿Me recomendarías un libro? La pregunta suena en mis oídos. Y aunque no me han inquirido el por qué, lo diré con cierta prepotencia.

El libro del que hablo, el que me surge en cuanto consultas, habla de la sustancia de la vida, del valor que se necesita para sobrellevarla, de sus cambios, de las pieles que recubren tu piel, de los personajes y criaturas en que te convertirás a lo largo de los años, de la pasión con que amas hoy y del fervor con que serás capaz de odiar mañana. Del sabor de los besos cautivos y de una voz en la noche describiendo el ocaso. De la apertura de tu cuerpo y del color de tu sangre descubierto por los dientes del deseo.

Por eso. Para eso.

 La verdad es que no tengo idea de dónde salió la fotografía. Apareció un día en la cocina de mi casa y ahí se quedó. Pasa tanta gente por acá que cualquiera pudo haberla perdido. De cuando en cuando la hojeo. No soy afecto a las fotos, sin embargo, de ésta en especial algo me ha cautivado.

La imagen muestra a dos chicos adolescentes bailando un lento. Están rodeados por una corte de otros pibes que no hacen más que mirar. Unos ríen, otros permanecen en la luna. Puedo apostar a que hay dos chicas a un costado y que una de ellas llora a mares. No lo sé, debe ser la fracción de una fiesta de cumpleaños. Una de las cosas que me atrae de la situación es la lozanía de quienes ocupan el primer plano con su baile. No es una fotografía antigua pero en breve lo será. Estamos a sólo un chasquido de los dedos de la nada.

No pretendo adivinar qué irá a suceder con la vida de esos querubines o si algún día se acordarán que bailaron acaso por primera vez un lento con una persona a la que ya no recuerdan. Al menos en mi caso, no he olvidado a mi estimada Emma, la chica que me enseñó el breve arte de no pisarle los zapatos al compañero de turno.

Días atrás, en la casa de unos amigos, otra fotografía llamó mi atención. En esta ocasión un par de jovenzuelos, en sus veintitantos, posaban abrazados para la cámara. El tenía pelo abundante, ensortijado, en tanto que ella lucía una figura delgada y su sonrisa luminosa se fugaba del cuadro como un cometa lo hace de los contornos de la noche.

No eran los mismos flacos que luego me presentaron. El había perdido el pelo y la chica, su línea. Durante el almuerzo muy veces pocas la vi sonreír. Y el brillo de esa sonrisa que me había cautivado unos minutos antes, lo sentí así, había desaparecido quizás para siempre. De aquella pareja que parecía ocupar un lugar en el mundo no quedaba más que esa fotografía.

Este verano, en medio del vendaval, se me ocurrió mirarme al espejo con una cuota importante de sinceridad. No con la actitud David Crockett del tercer mundo, después de los ravioles, que caracteriza mis incursiones en ese ámbito tan complejo. Me percibí cansado, panzón, mal añejado, un animal herido, en definitiva. “Estás viviendo la resaca de tu vida”, dijo la voz que pasó justo en ese preciso momento detrás de mis espaldas. ¿Qué puedo alegar frente a semejante argumento? Si, aunque no debo ser el único hombre o mujer que transcurre por la resaca de su vida, ésta, la que va de aquí hasta el fondo, es la mía.

Las resacas suelen ser aleccionadoras. Nos recuerdan lo estúpido que hemos sido, lo inútil de nuestra vanidad y lo ridículos e insufribles que podemos volvernos después de una copa de más. En general, se sobrevuelan malamente, con bastante sueño, agua mineral, pastillas para el dolor de cabeza y la absoluta ausencia de alcohol.

A pesar de su condena representan una oportunidad para poner las cosas en claro: la sobriedad no es otra cosa que el producto destilado de una perfecta borrachera. Sin una no estaríamos muy seguros de que existe la otra.

En principio, y en honor a los jóvenes y soñadores que hemos sido (y que por tozudez y convicción seguiremos siendo), he decidido tomarme mi cuarto de hora, mi día off. Un disco de Jamie Cullum (“Catching Tales”) suena en mis oídos mientras me preparo para una ducha tibia y una posterior limpieza facial que incluye una crema rejuvenecedora. Por la noche iré con mi hija a un lindo restaurante. No sé si todo esto aliviará en algo la carga que soporta mi espíritu o si sólo apuntalará mi patetismo. Da igual, estoy remontando una resaca. Sólo queda subir.

Publicado originalmente en diario Río Negro

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