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El futuro de Puerto Natales ha sido definido por políticos y especialistas como un proveedor de servicios del Parque Nacional Torres del Paine, menospreciando su indiscutible potencial turístico. ¿No habrá llegado el momento de cambiar el eje de la discusión acerca de qué debemos publicitar en el exterior y de cómo hacerlo? ¿No es acaso evidente que esta ciudad de montañas y glaciares representa un destino en si mismo?

Si un gran inversor, uno gigantesco por cierto, pudiera pedir un deseo impagable a la madre tierra o a su suerte, para iniciar el negocio turístico del siglo, sería este: poseer una ciudad frente a un ventisquero. O muy cerca.

Ese teórico inversor aun no existe pero seguramente aparecerá en la medida en que el clima haga su rutina y termine por calentar en exceso las calles del Primer Mundo.

Lo que sí existe, y desde hace un rato ya, es Puerto Natales y su fantástica condición de encarnar a uno de los pueblos más privilegiados por su entorno, no sólo en la Patagonia sino en Latinoamérica. Natales, como solemos llamarla a secas quienes vivimos aquí, desemboca a una fantástica geografía en la cual se entreveran montañas, lagos, islas y hielos eternos. Esta simple definición basta como eslogan publicitario.

Puerto Natales, la sirvienta mal paga

Las obviedades suelen pasar ante nuestros ojos sin que lo notemos. En algún sentido Puerto Natales, en tanto belleza natural, es una obviedad. Por lo mismo un desperdicio como recurso turístico.

Resulta extraño escuchar cuando un político o un supuesto especialista en temas de economía y turismo, dos actividades que van definitivamente de la mano, aseveran que Puerto Natales debería transformarse en el dormitorio de Torres del Paine. Como si el entorno del pueblo y sus implicaciones estéticas no tuvieran demasiado interés. Cuando descubro tal frase, me imagino una gran cama instalada entre montañas. Un cuadro de Dalí o un exabrupto literario. De ningún modo un horizonte digno.

Otro cliché que ya tiene sus años es el que dice que Puerto Natales debería constituirse en proveedor de servicios para el Parque Nacional. De lo cual uno deduce, por proyección lógica, que esta comunidad no necesita de servicios propios. Son los otros los que crecen y los que requieren sostén. En ambos casos se mal disimula una suerte de resignación cultural. Puerto Natales, tomando en cuenta estas manifestaciones tantas veces escritas y dichas en declaraciones y discursos, vendría a ser la sirvienta mal paga de Torres del Paine.

Son afirmaciones que tienden a reflejar un desconocimiento técnico del negocio turístico y un menosprecio notable por la realidad geográfica de nuestro espacio vital.

Por decantación se ha decidido que Patagonia es sinónimo de Parques Nacionales. Pero esa determinación tiene más que ver con una preferencia nacional por proyectar el negocio turístico en espacios “reducidos” y controlables, que con una percepción que se evidencie en los habitantes de Europa y Estados Unidos donde Patagonia es mucho más que los alcances institucionales.

Alguien está tratando de enmarcar en un círculo imaginario aquello que no puede ni debe ser clasificado como si se tratara de una hamburguesa.

Me imagino que en este mismo momento delegaciones políticas y del sector turístico están pensando en difundir Torres del Paine en China, y otros mercados emergentes que pronto nos harán conocer sus intereses por el extremo del mundo.

En el camino se les caerán olvidadas de las carpetas palabras como Puerto Natales, Punta Arenas, Puerto Williams, glaciares Serrano y Balmaceda, Canal de las Montañas, entre tantos espacios mágicos y poco difundidos.

Cuando se desea y plantea un desarrollo turístico global se planifica en términos globales. Por supuesto, en el único lugar donde se cobra una onerosa entrada para entrar “a la geografía patagónica” es en el Parque Nacional Torres del Paine. Conocer Puerto Natales es gratis.

Hay una necesidad urgente de establecer nuevos paradigmas en materia de turismo para la región. Ya no se trata de imponer rutinas publicitarias sólo para 240 mil hectáreas. El potencial regional, para expandirse, debe amplificarse desde su raíz.

En forma periódica los funcionarios mencionan cuanto han subido los índices de visitas extranjeras al Parque Nacional Torres del Paine. Se discute si entre un 8 ó 12 por ciento anual. En el fondo los porcentajes no dicen demasiado. Porque el 8 por ciento de 100 mil visitas anuales no puede ser considerado un número importante en ningún mercado serio.

Cambiando el eje del desarrollo publicitario

La pregunta que cuelga de las estrellas en este mismo momento es porqué existiendo la batería internacional de prensa y publicidad que acompaña a Torres del Paine, la cantidad de turistas no se multiplica. Porqué el crecimiento es tan llamativamente lento.

Una de las razones, una de las más poderosas, tiene relación con el perfil de difusión geográfica. Los destinos que se vuelven atractivos en los mercados internacionales están obligados a desarrollar variedad de ofertas. Todo lo contrario de lo que sucede aquí.

Hasta el día de hoy, y para el extenso “afuera”, se “debe” venir a la región únicamente porque hay un parque nacional muy interesante. Ahora bien, esto en materia de intereses generacionales (hablo de la generación pos Segunda Guerra Mundial acostumbrada a la multiplicidad de productos a precios muy accesibles, como la norteamericana y la europea) no es suficiente. Por el contrario, es escaso.

Si el perfil publicitario de la Patagonia fuera construido a la manera de un rompecabezas tendríamos la oportunidad de captar un mayor volumen de consumidores.

Ya no se trataría de apuntalar un mono producto sino 100. Reflexionemos sobre esto ¿Qué tal si en lugar de ofrecer un Parque Nacional y una montaña en particular acercáramos en el “menú” la chance de conocer también a una comunidad que fue pionera en el desarrollo ganadero y con sabrosas historias de vida, y de paso a sus bellos ventisqueros y a los lagos que están cerca de allí, y a las imponentes montañas que la rodean? ¿Qué tal si a todo esto se le suma un festival de jazz y folclore en el fin del mundo? ¿Qué tal si le agregamos una de las más exquisitas ofertas gastronómicas del planeta? ¿Qué tal si los invitamos al Canal de las Montañas, a los hielos eternos que respiran sobre el rostro de los visitantes, a la pesca del salmón, a tours históricos ligados a los habitantes originales? ¿Qué tal si promocionamos las enormes cavernas naturales únicas en el mundo que se encuentran en los islotes aledaños a Natales y que fueron promocionadas como un hallazgo científico por la prestigiosa Nacional Geographic?

¿Qué tal si cambiamos radicalmente el eje de cómo se publicita esta región?

Imagino una frase: “Puerto Natales, donde los glaciares viven”.

Suena bien. Tiene sentido. Es un principio.

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